Espacio de juegos creativos basados en la Educación Emocional
Todos tenemos anécdotas de aquella situación en que nos paralizó el miedo, nos traicionaron los nervios, se nos fue la voz o nos temblaba el cuerpo entero por una emoción desbordada. Y es normal, porque las emociones son parte de nosotros, pero lo que no es normal es que se apoderen de nuestras vidas y nos dejemos llevar por ellas. Por ello, detenerse a sentir cada emoción es la clave para aprender a gestionarlas de la manera correcta.
Nunca se trató de “reprimirlas” o fingir que no están ahí, porque están y necesitamos que estén para aprender a conocernos y a convivir con los demás. Y de eso se trata esta propuesta.
Nuestras emociones condicionan cada paso de nuestra vida y nuestros niños se están educando mayormente a través de nuestro ejemplo. No hay nada más valioso que demostrarles nuestras ganas de vivir, nuestro entusiasmo por ser mejores día a día y nuestra manera de agradecer a la vida por lo que nos ha dado… El desafío es: ¿Cómo ayudarlos a ser emocionalmente inteligentes, no dejándose doblegar por las emociones sino aprendiendo a gestionarlas?
Está comprobado que las emociones “positivas” predisponen al aprendizaje mientras que las emociones “negativas” bloquean el cerebro, obligándolo a no prestar atención. Por esta razón, decidí ofrecer a los niños un espacio lúdico y creativo basado en la educación emocional. Es mi mayor anhelo que disfruten aprendiendo a conocerse, y que ese aprendizaje sea la base sobre la cual logren desarrollar su propia creatividad, sus competencias sociales y las habilidades para la vida y el bienestar.

Mi meta principal en este espacio lúdico y creativo es desarrollar la inteligencia emocional desde una edad temprana, apostando siempre a que nuestros niños se empoderen y se apropien de la gestión de sus emociones, desarrollando así la mejor versión de sí mismos.
Nuestros niños necesitan una educación que les enseñe a adaptarse a los cambios de manera natural y que a la vez les facilite las herramientas necesarias para adentrarse en un futuro incierto sin que esto conlleve a trastornos emocionales sino a potenciar su propio bienestar. Sabemos por experiencia que la educación formal no tiene relevancia si no hay educación emocional. Y es ahí donde apunto con mi propuesta: exponer a los niños al conocimiento profundo de sus emociones sin dejar de lado el desarrollo de las competencias y habilidades que también los ayuden a comprender al otro, desarrollando así habilidades sociales claves, como la empatía y la comunicación asertiva, que los lleven por el camino del éxito.
